jueves, 8 de agosto de 2013

Megacausa- Jefatura II Arsenales II: Saber dónde están, nada más

Luchaban por un país mejor

“Nosotros, tus hermanos, estamos acá  y valoramos tu lucha. Hasta la victoria, siempre”, 
fue lo último que dijo María Eugenia Osores. La familia Osores fue la primera en declarar durante el día jueves. Sus testimonios fueron escuchados desde Buenos Aires por el sistema de teleconferencia. Sus palabras reivindicaron la militancia política, el deseo de construir un mundo mejor de muchos de los que fueron secuestrados, torturados y desaparecidos.

Carlos Raúl Osores tenía 26 años cuando fue secuestrado, los amigos le decían ‘el Petiso’ y vivía en el Empalme, Ranchillos, en el departamento tucumano de Cruz Alta. Los testimonios por su caso se empezaron a escuchar la semana pasada. Su esposa y su hijo, que tenía cuatro años cuando se llevaron a Carlos, fueron quienes comenzaron a contar esta historia. La historia de un hombre que estudiaba, trabajaba y militaba en el Partido Comunista, al que se llevaron de su casa un 17 de setiembre de 1976.

Esta semana se escucharon tres testigos más. María Eugenia, Eduardo y una tercera persona cuya identidad se preserva. Los tres recordaron que durante el mes de agosto de aquel año sufrieron dos violentos allanamientos. “Entraron y rompieron todo, preguntaban por armas y libros”, dijo Eduardo, hermano de Carlos. Contaron que la familia era perseguida, vigilada, que cuando secuestraron a Víctor Hugo González, compañero de militancia de los hermanos Osores, supieron que ya no estaban seguros. Fue entonces cuando Eduardo se fue a vivir a Buenos Aires.

Durante el primer allanamiento, los miembros de la familia Osores pudieron reconocer a Francisco Camilo Orse, al que conocían como ‘Pancho’. Esa noche no solamente dieron vuelta y rompieron todo, sino que, además, uno de los perpetradores violó en la cocina del domicilio a una de las mujeres que se encontraban en la casa. El testimonio de esta mujer, que en el momento de los hechos tenía 15 años, fue escuchado por el tribunal con la sala desalojada, como lo indica el Protocolo de Tratamiento a los Testigos Víctimas de Delitos Sexuales.

“Como será el miedo que teníamos que dormíamos todos juntos”,  dijo la testigo en medio del dolor de sus recuerdos. Luego, la casa de la familia Osores sufrió un segundo allanamiento. En este operativo lograron identificar a un policía de la zona llamado José Albornoz. Pero fue en el tercero, el del 17 de setiembre, cuando encontraron a Carlos durmiendo en la casa. Se presentaron como miembros de la policía y le ordenaron a Carlos que se vistiera, “no lo dejaron terminar de vestirse, se fue con una sola zapatilla”, recordó María Eugenia Osores. De este último operativo participó Mario Ferreyra, al que en la provincia se lo conocía como ‘el Malevo’.

“La comisaría de Ranchillos era parte de la estructura del terrorismo de Estado”, afirmó Eduardo en su declaración. Es que cuando la familia Osores fue a poner la denuncia en esa comisaría, vieron un Ford Falcon de color claro que salía de allí. Dentro del vehículo iba, con el torso desnudo, Carlos Osores. “Corríamos por detrás del auto, gritábamos que lo dejen”, dijo la tercera testigo de la mañana. Pero nada consiguieron.

Fue por el testimonio del doctor Alberto Argentino Augier por el que supieron que Carlos estuvo en el Centro Clandestino de Detención (CCD) que funcionaba en el Arsenal Miguel de Azcuénaga. El médico había declarado que habló con una persona que se identificó como ‘el Petiso’ Osores.

“Ya lo vamos a devolver”, le dijeron a la familia, pero Carlos nunca más volvió. “Él sigue vivo en mí y en mis hermanos”, dijo su hermana. “Como militante político reivindico a todos los compañeros militantes”, manifestó Eduardo, “Él luchaba por un socialismo, no por un capitalismo humanizado”, agregó antes de retirarse. Es que lo que para muchos es, aún hoy, un estigma, para esta familia es motivo de orgullo. El compromiso con la realidad, el sueño y el trabajo por los ideales, es el camino recorrido que hoy permite sentir que se puede alcanzar la justicia. “Luchaba por justicia, para un país mejor”, recordó María Eugenia.

José Albero Vitale, esposo de María Trinidad Iramaín, empezó hablando de quién era ‘Trini’. Dijo que era licenciada en Artes Plásticas y trabajaba en la Dirección de Turismo de la provincia. Que se habían casado en noviembre de 1973 y que juntos tenían dos hijos. Estos niños tenían dos y tres años cuando ‘Trini’ fue secuestrada el 24 de julio de 1976. Además, José contó que tanto él como su esposa tenían militancia política. Afirmó que, dada las circunstancias históricas y políticas que se vivía en aquellos años, era “poco digno el desinterés por asuntos tan importantes”. Aunque rescató la entrega de Trini, “tenía un fervor y un interés mayor que yo y una tendencia a realizar más generosamente lo que otros nos contentábamos con soñar”.

José recordó que después de la medianoche del 24 de julio un grupo de personas, que se identificó como policías, ingresó a su casa. Algunos de ellos entraron al dormitorio, donde él se encontraba durmiendo con su esposa y sus dos hijos. Lo tiraron al piso y, cuando José pidió que no se lleven a su mujer, lo ataron con los pañales de uno de sus hijos y lo golpearon.

Raúl Campero, el segundo testigo por la causa de María Trinidad, contó que aquella fecha llegó a su casa aproximadamente a las 3 de la madrugada,  El testigo, que era vecino de Trinidad y José, comentó que al bajarse de su automóvil una persona le dijo “rajá de acá”, por lo que él echó a correr. Entre diez y quince minutos después, vio que dos o tres vehículos se retiraron de la zona. Lo primero que hizo fue cerciorarse que en su domicilio, donde se encontraban sus hermanos que tenían militancia política, no había sucedido nada. Cuando se dirigía a la casa vecina, donde vivía un tío, el padre de José Vitale lo llamó y le dijo “acaban de llevarse a Trini”. Campero describió el dormitorio de donde fue secuestrada Trinidad “Estaba todo revuelto, dos criaturas llorando, era un momento muy difícil y Pepito (José Vitale) estaba con el torso desnudo y tenía un fuerte golpe en la espalda”.

María Trinidad Iramain fue trasladada al CCD en el Arsenal Miguel de Azcuénaga, donde fue cruelmente torturada. Allí fue vista e identificada por C. M., N. C., (testigos cuya identidad se preserva) y María Cristina Román de Fiad. Los testimonios coincidieron en que Trinidad, por el tiempo que permaneció detenida, le fue permitido andar sin vendas en los ojos. Que fue obligada a colaborar en las tareas de reparto de alimentos y limpieza de los baños.  Se supo también que a principios de octubre de 1976, aproximadamente a las 10:30 de la mañana, un grupo de prisioneros, entre los que se encontraba Trinidad, fueron separados y subidos a un camión. Que este camión anduvo un corto tiempo, se escuchó que frenaba y más tarde el tableteo de ametralladoras. ‘Trini’ permanece desaparecida.

Universidad Militarizada

Luis Fernando Rovetta fue parte de la Comisión Especial de Derechos Humanos de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Esta Comisión realizó una investigación de la actuación de la UNT durante el terrorismo de Estado. Investigación que dio cuenta de lo que fue la ‘militarización de la UNT y que contó con documentos oficiales donde queda comprobada la complicidad de rectores y otras autoridades universitarias. Esos 94 biblioratos fueron sustraídos de su domicilio, según afirmó Rovetta. Allí estaban claramente expuestos los mecanismos de persecución a los docentes y estudiantes.

“Todo el cuerpo de delegados de la carrera de Bioquímica estuvo secuestrado en la Escuela Universitaria de Educación Física (EUDEF)”, afirmó Rovetta cuya declaración se escuchó durante la tarde del día jueves. “Se registraron 158 desaparecidos entre estudiantes y docentes”, confirmó el testigo que además aclaró que este número no es definitivo ya que existen muchas denuncias que se hicieron con posterioridad al cierre de su investigación (en el año 1986).

Habló además de otro centro de detención que funcionaba en la ‘Reserva de San Javier’, según especificó el testigo. De los periodistas cesanteados en canal 10, en el plantel docente, de las actividades de inteligencia no solo en las universidades sino también en las escuelas experimentales. Esto último se extendió incluso a la Escuela Normal Juan Bautista Alberdi.

“Hay restos de miedo todavía”, dijo Luis Rovetta, “En estas últimas fechas nos encontramos con personas que no quieren que se dé sus nombres”, afirmó.

Viernes 2 de agosto

En el domicilio de María Teresa Sánchez estaban su madre, su padre, una tía, su prima Angélica Salado y la empleada doméstica María Isabel Leal. Ese 2 de noviembre de 1976 María Teresa, o ‘Mori’ como le decían sus afectos, se había ido a estudiar a la casa de una compañera. Cuando volvió a su casa, pasado el mediodía, su familia no pudo verla. Solo supieron que ella llegó, solo la oyeron gritar.

Fotografía de Bruno Cerimele

‘Mori’ tenía 26 años, era maestra especial y estudiaba la carrera de psicología en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT. Su prima, Angélica del Valle Salado, fue la primera testigo en declarar el viernes pasado. Ella y su madre habían estado en la casa de la familia Sánchez aquel 2 de noviembre. Su madre falleció la mañana del viernes, el mismo día que Angélica había sido citada como testigo por la causa de María Teresa. Angélica se sentó frente al tribunal decidida a contar lo que sabía. La verdad de lo que pasó, lo que sea que ayude a alcanzar la justicia. Luego se volvería a Catamarca, al funeral de su madre.

La madrugada del 2 de noviembre de 1976 un grupo de personas armadas, vestidas de civil y con el rostro cubierto, que se identificaron como policías, irrumpieron en aquel domicilio. Como no encontraron a ‘Mori’, encerraron a la familia en las habitaciones y se quedaron allí esperando que llegara. Esto ocurrió pasado el mediodía. Después de llevársela se quedaron algunas horas más hasta que decidieron marcharse y liberar a la familia.

Los testimonios de Angélica y de María Isabel Leal, que trabajaba en la casa ‘cama adentro’, fueron escuchados por el tribunal el día viernes. También Homero Alberto Sánchez, hermano de ‘Mori’, confirmó lo relatado por las testigos. Homero, al haberse enterado lo que estaba ocurriendo en el domicilio de sus padres, fue hasta allí y fue encerrado junto al resto de la familia. “A Mori ya se la habían llevado”, dijo el médico, “ellos se quedaron unas horas. Después nos dijeron que se iban y que pasado 15 minutos podíamos salir”, agregó.

Fue el testimonio del ex gendarme Antonio Cruz y de O.P. (testigo protegido) los que confirmaron que María Teresa Sánchez estuvo secuestrada en ‘el Arsenal’. Al día de hoy María Teresa Sánchez continúa desaparecida.

Las formas de desaparecer

La familia Cantos, una de las más numerosas de Santiago del Estero, dio un extenso y emocionante testimonio durante el viernes 2 de agosto. Ellos hablaron de Justicia, de Memoria, pero sobre todo de Verdad. “Queremos justicia, pero lo que más queremos es la verdad. Nuestra vida está incompleta”, dijo María de los Ángeles Petra Cantos. “Queremos que sean juzgados con el goce de sus derechos, con total justicia. Y que hablen”, manifestó a lo largo de su declaración.

María de los Ángeles era hermana de Germán Cantos. A Germán no le correspondía realizar el ‘Servicio Militar’. “Siempre nos llamó la atención que lo llamen, él había sacado número bajo”, aseguró la testigo. Y dada las inquietudes que esta situación les ocasionaba, pidieron asesoramiento. “Nos dijeron que si estaba en el Batallón iba a ser más seguro”, recordó Ángeles.

Pero fue precisamente de ese Batallón, el 141 de Santiago del Estero, de donde Germán Cantos desapareció. Su familia lo había ido a visitar en cuatro ocasiones. Pero el 5 de setiembre de 1976, le dijeron que Germán había salido de franco el día 3 y que todavía no había vuelto. Germán nunca salió, de eso ya no hay dudas. Un compañero de conscripción, de nombre José Iglesias, le dijo a la familia que aquel 3 de setiembre había visto a Germán, que lo tenían retenido porque a su ‘orden de salida’ le faltaba una firma, que acordaron que si salía antes que él se encontrarían en una conocida pizzería de Santiago. Germán nunca llegó a la pizzería, nadie lo vio salir del Batallón.

María de los Ángeles habló sobre las cartas que la familia recibió. En esas cartas se les hacía saber que Germán estaba en Tucumán, se les alimentaba la esperanza de volverlo a ver. “Vivir con la incertidumbre, con el miedo, ha marcado nuestra vida para siempre”, dijo la testigo. “Mi madre no pudo dormir una noche completa”, recordó. “Sintiéndonos hasta nosotros peligrosos, creo que de alguna manera es otra forma de desaparecer”, fueron las palabras de María de los Ángeles. El dolor, la esperanza y la necesidad de saber dónde está su hermano y dónde están sus primos fueron los sentimientos que quedaron claramente expresado a lo largo de su testimonio.

Juan Rubén Cantos tiene desaparecidos a su hermana Anabel y a sus primos, Germán y Luis. Juan vivía en Buenos Aires junto a Luis y a otros estudiantes más. Fue en aquel domicilio dónde el 22 de abril de 1977 un grupo de personas armadas ingresaron y sacaron a los cinco muchachos en los baúles de varios automóviles. Juan contó en la última audiencia de la semana pasada, que aquella noche los bajaron en un lugar que no conocía. Que allí fue torturado y escuchó los gritos de su primo. Que más tarde fueron liberados todos excepto Luis.

La búsqueda iniciada por la familia llevó a que a lo largo de estos años pudiera ponerse en contacto con O.P. (testigo citado con anterioridad), quien le confirmó que Luis había estado en el Arsenal Miguel de Azcuénaga. Además, fue Hector Justo, que declaró el 6 de junio en la Megacausa, quien habló con Luis Cantos cuando estuvo secuestrado en ese CCD. Cuando Luis supo que Héctor era vecino de una tía suya en la provincia de Tucumán, le pidió que le hiciera saber que tanto él como sus primos Anabel y Germán estaban allí.

El 19 de noviembre de 1976, alrededor de las 10 de la mañana, Anabel Beatriz Cantos de Caldera, salió a dar un paseo junto a su hijo de un año y ocho meses. Su esposo había desaparecido días posteriores al nacimiento de su hijo, en el año 1975. En ese momento la pareja vivía en la localidad de Famaillá, pero ante la desaparición de Hugo Miguel Caldera, Anabel decidió irse a vivir a la casa materna.

Aquel 19 de noviembre, en la ciudad de las Termas de Río Hondo, Analía Cortéz salía de trabajar y al cruzar por el parque vio a un bebé solo, en medio del sol. Cuando advirtió que estaba abandonado lo llevó a la policía. Analía, que también declaró ante el tribunal el viernes, contó que esa noche un hombre fue por su casa y le agradeció lo que hizo. Se trataba del abuelo del pequeño. Ese niño que fue secuestrado con su madre, Anabel Cantos, a la que no pudieron encontrar hasta el momento.

“Quisiera encontrarla, quisiera un pelo, una uña, algo que nos diga que podemos traerla a casa y no que esté donde otros decidieron. Llorarla en su tumba, despedirme, agradecerle”, dijo la última testigo de la jornada, Analía Cantos. Y es que ese es el fin último: encontrarlos. Ni venganza, ni odio. Solo Justicia, solo Verdad. Eso nada más.
Publicado por Gabriela Cruz el 5 agosto, 2013

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